El precio de una infancia robada
Imposible olvidar aquella vibrante sensación de libertad de la que disfrutábamos Niam y yo de niñas en nuestra colorida aldea vietnamita donde una primavera sonriente ahuyentaba los malos espíritus, brindándonos generosa sus más hermosas flores de loto.
Añoro esa imagen entrañable de papá afanoso en nuestro arrozal, su espalda encorvada expuesta al ardiente sol. Y cómo olvidar a mamá envuelta en su ao dai, susurrando en voz baja canciones de cuna mientras alzaba el bol de arroz con sus delicadas manos...
Tornó aquel cuento de hadas en pesadilla el día en que miembros del ejército se los llevaron presos, dejándonos al cuidado de la abuela Mai quién, víctima de las circunstancias, nos hizo vender a un burdel clandestino bajo falsas promesas de un futuro mejor que nunca llegó.
Obligada a prostituirme por un puñado de dongs, todavía hoy tiemblo al recordar las palizas que recibía cada vez que llegaba con las manos vacías por lo que el crack se convirtió en mi más fiel aliado, forzando al farolillo a permanecer encendido para poder así emplearme a fondo.
Poco queda ya de aquella niña risueña que se deleitaba con su batido de caña de azúcar mientras paseaba en rickshaw por las calles de Saigón; en su lugar, una muñeca rota que simboliza la inocencia manchada por el vicio más depravado y salvaje, empujada a tener que renunciar al bebé que no nació y aliviada de haber podido al fin huir de aquel antro infernal.
Indudablemente, sanar mi alma enterrando el pasado es tarea imposible pero salvar vidas mirando al futuro, ¡ojalá! sea posible.
Fin.


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