Lo que la verdad esconde
Érase una vez, en el lejano Myanmar, un rey tacaño y gruñón al que le fastidiaba sobremanera que la reina se divirtiera correteando por los jardines de palacio en lugar de pasar más tiempo con él, en quietud y sosiego.
Preocupado tras haber soñado que se perdía en un laberinto del que no lograba salir, acudió inquieto a su más fiel consejero pidiéndole ayuda para interpretar su visión. El sabio, con fama de adulador, avisó al rey de un inminente peligro de bancarrota en el reino a menos que obligara a la reina a permanecer en sus aposentos haciendo calceta.
Se le ocurrió al buen señor con el pretexto de protegerla del ataque de un peligroso dragón, rodear su cuello con anillos de bronce añadiendo cada día uno más para aumentar así su esbeltez y hermosura.
La desdichada dama lloraba rogando al rey compasión ante tremenda presión, a lo que éste se negó sin pizca de compasión. La prole llegó después a seguir la tradición. Pese a tanta desazón, el palacio se hizo zoo y al turista interesó.
Hasta que un día, las plegarias de la reina lograron traer la cordura a Myanmar, comprendiendo al fin el rey lo que de verdad importa:
"Prisionera embellecida, luchando por respirar
gargantas enmudecidas, no es una anilla sin más.
Que vuestro miedo a la ira, no ahogue esta realidad
que no se apaguen las risas, torpes cuellos ¡despertad!
Si me quieres no me oprimas, haz que sea de verdad.
Vuelvan pronto esas sonrisas, griten fuerte ¡LIBERTAD!.
Fin.


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